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jueves, 21 de mayo de 2009

Sindicalismo y Peronismo

En qué dirección podría evolucionar el modelo sindical? Esa evolución debe ser producto de la decisión autónoma de los trabajadores sindicalizados. Cualquier reforma a la legislación laboral debe ser consultada con las organizaciones sindicales con personería gremial.

El sindicato es una institución reformista que, salvo raras excepciones históricas, no juega un papel revolucionario. Es una institución que representa política y laboralmente a los trabajadores asalariados dentro de la trama de contrapoderes. Estos se conforman desde la sociedad civil en los sistemas democráticos, frente al Estado y al poder de los empresarios.

Los trabajadores argentinos fundaron autónomamente el principio de unicidad sindical: un solo sindicato por rama, especialmente en industria, bancos y comercio. Este fenómeno progresivo es preexistente al peronismo. Adoptará forma legal con el régimen de personería gremial (derechos del sindicato más representativo) durante el primer gobierno de Perón.

El peronismo es el cemento cultural del movimiento obrero argentino desde 1945 hasta la fecha. Pero ese cemento cultural no se explica por principios corporativos sindicales, sino por un principio más amplio: el reconocimiento de los trabajadores como ciudadanos por el Estado justicialista, y la garantía de que efectivamente lo son por medio de los derechos laborales y sociales.

Los sindicatos son en su mayoría peronistas porque es con el peronismo que se sienten actores dentro del Estado-nación. Con el peronismo se cierra el período de una clase social que todavía vivía entre dos mundos: entre sus orígenes extranjeros o rurales, y por las nuevas raíces nacionales formadas por la concurrencia de diferentes factores como fueron la industrialización, la escolarización, los matrimonios entre hijos de las migraciones, la unidad en la lengua castellana, etc. Peronismo y clase obrera nacional organizada son aspectos de un mismo proceso.

El modelo sindical peronista fue exitoso. La implementación de las políticas laborales y sociales públicas, con eje en las negociaciones colectivas y el sistema de seguridad social, permitieron al sindicalismo colocarse como actor sociopolítico representativo frente a las asociaciones empresarias. El Estado encuentra en él un interlocutor racional para negociar salarios y condiciones de trabajo compatibles con el desarrollo económico y el humanismo. La unicidad adopta la forma legal de personería gremial.

Con la crisis global de diciembre de 2001 se cierra un largo ciclo de decadencia argentina. Si la democracia pudo salvarse fue porque el pueblo deseaba mantenerla y porque las principales fuerzas políticas se unieron y dieron lugar a esa especie de régimen parlamentario sui generis que presidió Eduardo Duhalde. La transición fue exitosa, porque ya se percibía que desembocaría en un cambio de paradigma económico-social, lo que se concretó en 2003 con la llegada del kirchnerismo al poder. Había comenzado una "revolución desde arriba", con el apoyo de los trabajadores organizados en la CGT.

La crisis global dejó sus huellas en el movimiento sindical. Primero, porque la destrucción del aparato productivo produjo en forma inmediata más de 2 millones de desocupados y un 40% de la población en la pobreza. Los sindicatos y las empresas debían ahora ser incorporados en el esfuerzo de reconstruir la economía, para lo cual, desde 2004, volvieron las negociaciones colectivas. Segundo, porque el desorden político también se expresa dentro del sindicalismo, potenciando nuevas corrientes o fortaleciendo otras que se habían enfrentado con el menemismo y la frustrada experiencia de la Alianza. Ambos fenómenos respondían a una demanda de los trabajadores para reformular toda la estrategia sindical. El moyanismo sería el principal beneficiado.

Si bien afectado, el modelo sindical sobrevivirá. Los trabajadores mantienen su decisión de sostener la unicidad sindical y la existencia de una sola obra social por rama. Defienden las uniones y federaciones. Aspiran a participar más en las empresas y reclaman más unidad en la base.

El modelo sindical argentino está en transformación hacia un mayor pluralismo político-sindical. Da cuenta de ello la existencia de la CGT y la CTA. Pero sus cimientos están firmes. Es cierto que se necesita un nuevo programa socio-laboral que dé cuenta de nuevos reclamos y tensiones en el interior del sindicalismo.

Vivimos esa transición sindical que forma parte de los cambios producidos en el mundo del trabajo por el impacto, difuso pero potente, del kirchnerismo.

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